Erase que se era, en una tierra no muy lejana, hubo una vez que existió un príncipe guerrero llamado Sejús de las Calzas Verdes. Este joven era un digno heredero de la tierra de Marte llamada Zaragituria hasta que, un fatídico día, fue desterrado por su malvado tío el Magnánimo Opositor y condenado a vagar por las calurosas tierras del sur de la Península.
Un día, aburrido, cansado y desesperado, decidió hacer un alto en el camino y visitar una pequeña escuela que llevaba días observando. Ésta era muy conocida en todas las tierras bajas por el enorme prestigio de sus enseñanzas y por la belleza de sus alumnas. Era dirigida por las hermanas Salesianas y a ella acudían todas las hijas de Eva de la grandiosa tierra de Venus.
Cuando nuestro apuesto príncipe se disponía a entrar, hubo algo que le hizo pararse en seco y quedarse mirando como si de una alucinación se tratase: el séquito de la más bella y distinguida de las alumnas de la escuela, Anabela de los Ojos Rasgados. Esta joven, era la mismísima hija de Venus y, a diferencia de su madre, se le conocía por su prudencia y castidad.
El joven príncipe se quedó prendado de ella y decidió inventar alguna artimaña para conseguir acercarse. Poniéndose manos a la obra, Sejús de las Calzas Verdes, olvidándose de su cometido, empezó a preguntar a todos los ancianos del lugar que quién era esa joven y cómo podría conocerla; sin embargo, todos sus empeños eran en vano pues siempre recibía la misma respuesta: "esa chica es inalcanzable, olvídate de ella". No obstante, cuando creía que todo estaba perdido, se le acercó un muchacho y le dijo: "Me llamo Sir Daniel del Amor Perdido y te he oido muchas veces preguntar por Anabela""¿La conoces?"-preguntó-"Claro que sí y pienso ayudarte a acercarte a ella". Y así ambos jovenes se unieron por una misma causa y acabarían siendo grandes amigos pero...volvamos a nuestra princesa....
continuará...
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